viernes, 20 de febrero de 2009

El test de Garvich

Hablábamos sobre la inteligencia y el sentido del humor. Recordó una escena de una película de Woody Allen en la que su novia (interpretada por Diane Keaton) trataba de persuadirlo de que fueran a la ópera y él se esforzaba por encontrar excusas para no hacerlo. Una de ellas era: "Cada vez que escucho música de Wagner me dan ganas de invadir Polonia". Yo solté la carcajada y Garvich me miró un poco sorprendido. Le dije que yo también recordaba la película. Tal vez la había visto en la Cineteca, una sala que me traía nostalgia de ciertas tardes de domingo. Mi amigo se quedó estudiándome con un dejo de admiración "¿Sabés que no cualquiera lo entiende a ese chiste?" Me imagino, respondí. Supongo que no a cualquiera le gustan las películas de Woody Allen. Hay que tener cierta cultura... Y en una época quedaba bien parecer un intelectual. Hablar de Bergman, de Borges, aunque fueran aburridos. "Sí. Esa es la cuestión. Jeje. Yo al chiste de Wagner y Polonia lo usaba como un test", confesó Garvich en voz baja. Igual nadie en la oficina nos prestaba atención a esa hora. Se me acercó un poco más y me relató su confidencia. Desde hace años, cada vez que conocía a una chica y comenzaba a salir con ella, en algún momento de la relación -cuando consideraba que estaba preparado para sufrir una desilusión- le contaba el chiste. Por lo general, ella se quedaba mirándolo expectante, a la espera de que la historia continuara. "Y nada -le explicaba él decepcionado-. Ahí termina. El tipo no quiere escuchar Wagner porque le vienen ganas de invadir Polonia. Jeje". Ella a veces ensayaba una sonrisa, otras prefería pasar a algún tema más divertido, mientras él se esforzaba por aparentar que nada había sucedido e intentaba hablar de otras cosas. Después se apuraba a pagar el café, o la cena, o el hotel (según el caso) y comenzaba a hilvanar alguna excusa, un viaje de negocios o algo así, que le permitiera poner distancia. Casi siempre el romance terminaba allí. Lo miré medio sonriente, creyendo que no hablaba en serio. "Te juro -afirmó-. Nunca he podido evitarlo ¿Te parece que soy medio obsesivo? Con todas me pasó lo mismo. Estoy solo por culpa de Woody Allen". No supe qué decirle. Garvich se quedó pensativo un rato, exhaló un suspiro, y al cabo de unos minutos hizo un gesto para espantar los pensamientos amargos. "Bueno. Así es la vida", se resignó, y volvió la mirada hacia el escritorio vecino. "Ché, Fernández ¿Y Boquita, cómo anda?"

(Publicado en Crónicas Digitales de La Gaceta, el 18 de junio de 2008 - http://www.lagaceta.com.ar/nota/276981/Cronicas_Digitales/test_Garvich.html )

sábado, 7 de febrero de 2009

Cómo escuchar un libro


Tenés que poner la palabra audiolibro en Google y elegir un link donde haya novelas, cuentos o poemas que te interesen -me explica Celeste-. Lo elegís y lo bajás con Rapidshare o Megaupload sin problemas porque tienen pocos megas y después lo descomprimís con el Winrar. Al archivo en MP3 lo podés cargar en el iPod o en la memoria del celular.
Ah. Qué interesante, le digo como si hubiera entendido. Ella sonríe y me tiende los auriculares. La voz de Camilo José Cela leyendo La Familia de Pascual Duarte lo sumerge a uno en la conciencia de un criminal que recuerda su vida antes de ser ejecutado.
Está bueno cuando lo lee una voz humana, como en las grabaciones de Cortázar y de Borges -prosigue la adolescente-. Pero hay otros archivos que tienen audio electrónico. Es la voz de una máquina, pero igual sirve. Podés leer una novela sin gastar la vista. Jaja.
Celeste se cambia las ojotas por unas zapatillas multicolores antes de salir rumbo al almacén. Su mamá le encargó una lista de compras e intervino en la charla para recomendarle un libro de Paulo Coelho que acaba de leer. Cuando la hija le pregunta si no lo tiene en MP3, la madre pone cara de impaciencia.
En la vereda, con la lista de compras en el bolsillo, Celeste se pone los auriculares y le da play a una novela de Paul Auster. La voz monocorde reanuda la historia de un escritor que juega a ser detective. Ahora Celeste ya no está en Barrio Jardín sino que deambula por un suburbio de Nueva York y presiente que el azar está a punto de ponerse a jugar con su destino.

Publicado en La Gaceta.com el 5/2/09
http://www.lagaceta.com.ar/nota/312261/Cronicas_Digitales/Como_escuchar_un_libro.html

lunes, 2 de febrero de 2009

Domingo de fútbol

Antes de salir de casa con papá rumbo a la cancha, la mamá le envolvió en el cuello a Santi la bufanda nueva con los colores del club. Soplaba tan helado el viento que apagaba la caricia del sol y se colaba debajo de la ropa.
En el colectivo, los cantos y los gritos sonaban como una amenaza. Y después, en la tribuna del club, se queda un rato a solas con su momento mágico: sentarse en el escalón de cemento a comer la manzana confitada que le compra su papá. Con tanta gente, tantas banderas y papeles, estruendos de pólvora y gritos, debe apurar los bocados agridulces y quedarse atento como sin fuera a suceder algo.
Cuando empieza el partido y papá lo sube a sus hombros, Santi vuelve los ojos hacia un lado y arriba, donde siempre encuentra la mirada de la Nena. Pero ahora las banderas y el humo esconden su cara de muñeca y su gorro de colores lleno de cintas. Todos cantan gritando. A veces contentos, pero casi siempre enojados. Malas palabras. De ésas que se dicen como escupiendo. Ganamos.
Al final salen más felices y enojados todavía. Para que se maten esos hijos de tal cosa, gritan enarbolando banderas como lanzas. Una montonera desafiante. Antes de volver a casa el papá no lo lleva a tomar helado, como siempre, sino que se meten en medio de un montón de gente que grita y hace resonar tambores. No se anima a decirle que tiene hambre, ganas de ir al baño, hasta que después de un rato se van a esperar el colectivo. Aparece uno vacío pero no se detiene.
Los hinchas insultan a los gritos. Eh, Gordo, y ahora en qué nos vamos, le dice papá al tipo que sujeta de la mano a la Nena. Cuando la ve, a Santi se le acelera el corazón. Le estira la mano con la bolsa de pochoclo. Ella le dedica su mejor sonrisa. Desde un auto, una mujer grita a favor del equipo rival. Mala palabra. El conductor acelera. Los hinchas estallan en insultos.
El Gordo está desaforado y arroja el palo con la bandera, que se estrella contra el auto. Frenadas, gritos y más insultos. El Gordo invita a pelear. Quiere matar a alguien y se olvida de la Nena, que se queda inmóvil en la vereda, con los ojos llenos de espanto. Santi tiene ganas de abrazarla, pero el papá lo levanta y se lo lleva. Vamos, allá viene otro colectivo.


Texto publicado en LA GACETA.com el 6 de junio de 2008
http://200.43.15.140/nota/275081/Cronicas_Digitales/Domingo_futbol.html