lunes, 2 de febrero de 2009

Domingo de fútbol

Antes de salir de casa con papá rumbo a la cancha, la mamá le envolvió en el cuello a Santi la bufanda nueva con los colores del club. Soplaba tan helado el viento que apagaba la caricia del sol y se colaba debajo de la ropa.
En el colectivo, los cantos y los gritos sonaban como una amenaza. Y después, en la tribuna del club, se queda un rato a solas con su momento mágico: sentarse en el escalón de cemento a comer la manzana confitada que le compra su papá. Con tanta gente, tantas banderas y papeles, estruendos de pólvora y gritos, debe apurar los bocados agridulces y quedarse atento como sin fuera a suceder algo.
Cuando empieza el partido y papá lo sube a sus hombros, Santi vuelve los ojos hacia un lado y arriba, donde siempre encuentra la mirada de la Nena. Pero ahora las banderas y el humo esconden su cara de muñeca y su gorro de colores lleno de cintas. Todos cantan gritando. A veces contentos, pero casi siempre enojados. Malas palabras. De ésas que se dicen como escupiendo. Ganamos.
Al final salen más felices y enojados todavía. Para que se maten esos hijos de tal cosa, gritan enarbolando banderas como lanzas. Una montonera desafiante. Antes de volver a casa el papá no lo lleva a tomar helado, como siempre, sino que se meten en medio de un montón de gente que grita y hace resonar tambores. No se anima a decirle que tiene hambre, ganas de ir al baño, hasta que después de un rato se van a esperar el colectivo. Aparece uno vacío pero no se detiene.
Los hinchas insultan a los gritos. Eh, Gordo, y ahora en qué nos vamos, le dice papá al tipo que sujeta de la mano a la Nena. Cuando la ve, a Santi se le acelera el corazón. Le estira la mano con la bolsa de pochoclo. Ella le dedica su mejor sonrisa. Desde un auto, una mujer grita a favor del equipo rival. Mala palabra. El conductor acelera. Los hinchas estallan en insultos.
El Gordo está desaforado y arroja el palo con la bandera, que se estrella contra el auto. Frenadas, gritos y más insultos. El Gordo invita a pelear. Quiere matar a alguien y se olvida de la Nena, que se queda inmóvil en la vereda, con los ojos llenos de espanto. Santi tiene ganas de abrazarla, pero el papá lo levanta y se lo lleva. Vamos, allá viene otro colectivo.


Texto publicado en LA GACETA.com el 6 de junio de 2008
http://200.43.15.140/nota/275081/Cronicas_Digitales/Domingo_futbol.html

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